
Epopeya Dominicana

27 DE FEBRERO
DÍA DE LA INDEPENDENCIA DOMINICANA
En 1844 los dominicanos expulsaron a los haitianos
que ocuparon su país durante 22 años luego de que en
1821 se lograra un acuerdo amistoso de independencia
con la Corona Española.
En busca de su propio destino y un futuro mejor, la
colonia española en Santo Domingo se separó de España
en forma no bélica mediante transacciones pacíficas.
Sin embargo, el ansia de libertad e independencia de
los habitantes de la parte española de la isla de
Santo Domingo se vio cercenado con la inesperada
invasión de nuestro país por el ejército de la vecina
nación haitiana.
Durante 22 años ocuparon los haitianos territorio
dominicano e intentaron eliminar el idioma y las
costumbres. Obligaron a publicar los documentos
oficiales en francés y otras medidas que atentaban
contra la esencia misma de las tradiciones y cultura
de lo que vendría a ser más tarde el pueblo
dominicano.
La segunda mitad de febrero presenta en República
Dominicana a una intensa agenda de actividades
dedicadas a las fiestas patrias en celebración de la
Independencia Nacional lograda el día 27 de febrero y
en conmemoración de la lucha patriótica de los héroes
de la Independencia Nacional.
Aunque Duarte no estaba, los trinitarios no cejaban en
sus acciones y en la causa de la libertad del país.
Francisco del Rosario Sánchez, Matías Ramón Mella y
Vicente Celestino Duarte dirigían a los trinitarios,
casi sin recursos, hacían circular las ideas en hojas
manuscritas, para organizarse y sumar adherentes a las
ideas separatistas.
El 16 de enero de 1844, fue redactada por don Tomás
Bobadilla, la Manifestación de los pueblos de la parte
este de la isla, denominada antes Española o de Santo
Domingo, en la que se enunciaban las causas de su
separación de la República haitiana. Esta
Manifestación sería la ley que regiría la república
proclamada, hasta que se promulgara su constitución.
Esa noche del 27 de febrero de 1844 iban congregándose
poco a poco, pequeños grupos de patriotas que
provenían de las distintas zonas de la ciudad.
El comienzo de la acción separatista fue indicado por
un trabucazo disparado por Matías Ramón Mella en la
puerta de la Misericordia, y que fue oído por todos
los habitantes de la ciudad.
Aunque Juan Pablo Duarte, el padre de la Patria, se
hallaba ausente, la noche del martes 27 de febrero de
1844, en la puerta del Conde de la ciudad de Santo
Domingo, la República Dominicana era proclamada por
Tomás Bobadilla, Francisco del Rosario Sánchez, Matías
Ramón Mella, Manuel Jiménez, Vicente Celestino Duarte,
José Joaquín Puello, Gabino Pueblo, Eusebio Puello,
Eduardo Abreu, Juan Alejandro Acosta, Remigio del
Castillo, Jacinto de la Concha, Tomás de la Concha,
Cayetano Rodríguez, Félix María del Monte y otros
patriotas, quienes expresarían a alas autoridades
haitianas su "indestructible resolución de ser libres
e independientes, a costa de nuestras vidas y nuestros
intereses, sin que ninguna amenaza sea capaz de
retractar nuestra voluntad".
Ese 27 de febrero de 1844, Francisco del Rosario
Sánchez y Ramón Matías Mella, cuando llegada la noche
se dirigían hacia la Puerta del Conde, en el baluarte
de San Genaro, izan la bandera dominicana. Ondea en la
ciudad de Santo Domingo la bandera bordada por
Concepción Bona y su prima María de Jesús Piña, junto
con otras damas. La Bandera había surgido de un
proyecto presentado por Juan Pablo Duarte y aprobado,
el 16 de julio de 1838 en La trinitaria, donde se
presentaban los colores y la forma de la enseña que
representaría al nuevo estado, que se denominaría
República Dominicana.
La cruz blanca la cruz es el símbolo de la lucha de
los libertadores para legarnos una patria libre.
Los patriotas habían planeado que en la noche del 27
de febrero tomar posesión de todos los fuertes
emplazados en la muralla y del puerto. Para llevar a
cabo estas acciones, contaban con la cooperación de
varios militares que apoyaban la causa y que estaban
dispuestos a entregar sus posiciones y ayudar a tomar
la Fortaleza.
Ante el apoyo popular y de diversos grupos que unían
sus fuerzas por la libertad, los haitianos se
consideraron incapaces de combatir un alzamiento de
tal magnitud, y el 28 de febrero se obtuvo la
capitulación de la guarnición haitiana.
Manifiesto de los habitantes de la parte del Este de
la isla antes Española o de Santo Domingo, sobre las
causas de su separación de la República haitiana:
La defensa y el respeto debidos a la opinión de todos
los hombres y a la de las naciones civilizadas imponen
a un país unido a otro y deseoso de retomar y
reivindicar sus derechos rompiendo sus lazos
políticos, que declare con franqueza y buena fe los
motivos que lo inducen a dar ese paso, a fin de que no
se piense que lo ha impulsado un espíritu de
curiosidad y de ambición. Creemos haber demostrado con
nuestra heroica constancia que deben soportarse los
males de un gobierno mientras nos parezcan
soportables, siendo mejor eso que hacer justicia o
sustraernos a los mismos. Pero cuando una larga serie
de injusticias, de violencias y de vejámenes acaba por
probar la intención de reducirlo todo a la
desesperación y a la más absoluta tiranía, es entonces
un sagrado derecho para los pueblos y aun un deber,
sacudir el yugo de semejante gobierno y proveer nuevas
garantías que les aseguren su estabilidad y su
prosperidad futura.
Por el hecho de que los hombres no se han reunido en
sociedad sino con el objeto de trabajar en su
conservación, que han recibido de la Naturaleza el
derecho de proponer los medios y de buscarlos a fin de
obtener ese resultado, por esa misma razón, semejantes
principios los autorizan a ponerse en guardia, a
precaverse de todo lo que puede privarlos de tal
derecho, cuando la sociedad se halla amenazada.
Esa es la razón por la cual los habitantes de la parte
del Este de la isla, antes Española o de Santo
Domingo, valiéndose de sus derechos, impulsados como
lo fueron por veintidós años de opresión y oyendo de
todas partes las lamentaciones de la patria, han
tomado la firme resolución de separarse para siempre
de la República haitiana y de constituir un Estado
libre y soberano.
Hace veintidós años que el pueblo dominicano, por una
fatalidad de la suerte, sufre la más infame opresión:
ya sea que ese estado de degradación haya dependido de
su verdadero interés, ya sea que se haya dejado
arrastrar por el torrente de las pasiones
individuales, el hecho es que se le ha impuesto un
yugo más pesado y más degradante que el de la antigua
metrópoli,
Hace veintidós años que el pueblo, privado de todos
sus derechos, se ha visto violentamente despojado de
todos los beneficios en los cuales hubiera debido
participar si se lo hubiese considerado parte
integrante de la República. Y poco faltó para que se
le quitara hasta el deseo de sustraerse a tan
humillante esclavitud... Cuando en febrero de 1822, la
parte oriental de la isla, cediendo tan sólo a la
fuerza de las circunstancias, aceptó recibir el
ejército del general Boyer que, como amigo, fue más
allá de los límites de una y otra parte, los españoles
dominicanos no pudieron creer que, con tan disimulada
perfidia, hubiera podido faltar a las promesas que le
sirvieron de pretexto para ocupar el país y sin las
cuales hubiese debido vencer muchas dificultades y
hasta caminar sobre nuestros cadáveres, si lo suerte
lo hubiese favorecido.
No hubo un solo dominicano que no le recibiera
entonces sin demostraciones de simpatía. Por doquier
donde pasaba, el pueblo salía a su encuentro; creía
encontrar en el hombre que acababa de recibir en el
Norte el título de pacificador, la protección que le
había sido prometida de una manera tan hipócrita; pero
muy pronto, mirando a través del velo que escondía sus
perniciosas intenciones, se descubrió que se había
entregado el país a su opresor, ¡a un tirano feroz!...
Con él entró en Santo Domingo la maraña de todos los
vicios y de todos los desórdenes, la perfidia, la
delación, la división, la calumnia, la violencia, la
usurpación y los odios personales, desconocidos hasta
entonces en el alma de ese pueblo bondadoso...
Sus decretos y sus disposiciones fueron los principios
de la discordia y la señal de la destrucción. Por
medio de su sistema maquiavélico y que todo lo
desorganizaba, obligó a las familias más respetables a
emigrar, y con ellas desaparecieron de la tierra los
talentos, las riquezas, el comercio y la agricultura.
Alejó de su consejo y de los principales empleos a los
hombres que hubieran podido defender los derechos de
sus conciudadanos, proponer un remedio a sus males y
hacer conocer las verdaderas necesidades del país.
Menospreciando todos los principios del derecho
público y de gentes, redujo a muchas familias a la
miseria y a la indigencia, quitándoles sus propiedades
para reunirlas al dominio de la República, darlas a
individuos de la parte occidental o venderlas a vil
precio a los mismos. Desoló la campiña y destruyó la
agricultura y el comercio. Despojó las iglesias de sus
riquezas, maltrató y humilló a los ministros de la
religión, los privó de sus rentas y de sus derechos y,
con su negligencia, dejó que cayeran en ruinas los
edificios públicos para que sus lugartenientes se
aprovecharan de los destrozos y pudiesen de tal suerte
satisfacer la avaricia que traían consigo desde el
occidente.
Más tarde, con el objeto de dar a esas injusticias las
apariencias de la legalidad, emitió una ley para que
se incorporaran al dominio del Estado los bienes de
los ausentes, cuyos hermanos y parientes se hallan
hasta hoy en la más horrible miseria. Tales medidas no
satisfacían su avaricia. Puso también su mano
sacrílega en las propiedades de los hijos del Este y
autorizó con la ley del 8 de julio de 1824 el
latrocinio y el fraude. Prohibió la comunidad de las
tierras comunales que, en virtud de convenciones y
para la utilidad y las necesidades familiares había
subsistido desde el descubrimiento de la isla, y eso
con el único fin de que el Estado sacara provecho. Con
esa medida, acabó por arruinar las hattes y
empobrecer a muchos padres de familia; pero a él poco
lo importaba arruinarlo y destruirlo todo...
Tal era la finalidad de su insaciable avaricia.
Dotado de gran imaginación para llevar a cabo la obra
de nuestra ruina y reducirlo todo a la nada, imaginó
un sistema monetario que redujo insensible y
gradualmente a las familias, los empleados, los
comerciantes y la mayoría de los habitantes a la más
negra miseria. Es con tal criterio y la influencia de
su política infernal que el gobierno haitiano propagó
sus principios corruptores. Desencadenó pasiones,
suscitó espíritu partidario, forjó planes
destructores, estableció el espionaje e introdujo la
cizaña y la discordia aun en los hogares domésticos...
Si un español se atrevía a hablar contra la opresión y
la tiranía, era denunciado como sospechoso, se lo
encerraba en un calabozo y muchos padecían aun el
suplicio para espantar a los demás y hacer morir,
conjuntamente con ellos, los sentimientos heredados de
nuestros padres. Atormentada y perseguida, la patria
no halló otro refugio contra la tiranía que en la
intimidad de una juventud afligida y en algunas almas
nobles y puras que supieron concentrar sus principios
sagrados para relegar la propaganda a tiempos más
favorables y devolver la energía a quienes estaban
abatidos y estupefactos.
Los veintiún años de la administración corruptora de
Boyer se deslizaron de tal suerte y, durante los
mismos, los habitantes de la parte oriental
experimentaron toda clase de privaciones,
verdaderamente innumerables. Trató a esos habitantes
con más rigor que a un pueblo conquistado por la
fuerza. Los persiguió y les sacó lo que podía
satisfacer su avaricia y la de los suyos. En nombre de
la libertad, los redujo al estado de servidumbre. Los
obligó a pagar una deuda que no habían contraído,
exactamente como los habitantes de la parte occidental
que se aprovecharon de los bienes extranjeros,
mientras nos deben, por lo contrario, las riquezas que
nos han usurpado o destinado al fin que más les
convenía.
Tal es el triste cuadro del estado de esa parte de la
isla cuando el 27 de enero del año pasado, Les Cayes
lanzaron en el Sur el grito de reforma. Los pueblos se
sintieron en el acto como devorados por un fuego
eléctrico. Adhirieron a los principios de un
Manifiesto del 1 de septiembre de 1842 y la parte
oriental se jactó, pero en vano de que su porvenir
sería más dichoso, a tal punto se hallaban de buena
fe.
El comandante Riviére fue nombrado jefe de ejecución e
intérprete de la voluntad del pueblo soberano. Dictó
leyes según su capricho. Estableció un gobierno sin
forma legal y donde no estaba incluído habitante
alguno de esta parte que ya se hubiera pronunciado a
favor de la revolución. Recorrió la isla y, en el
departamento de Santiago, sin motivo legal recordó con
pena la triste época de Toussaint Louverture y de
Dessalines; llevaba consigo un monstruoso estado mayor
que por doquier introducía la desmoralización. Vendió
los puestos, despojó las iglesias, destruyó las
elecciones hechas por los habitantes para tener
representantes que defendieran sus derechos, y eso
para dejar permanentemente esa parte de la isla en la
miseria y en el mismo estado y para conseguir
partidarios que lo elevaran a la presidencia, aunque
sin mandato especial de sus comitentes. Así fue.
Amenazó la Asamblea constituyente y a raíz de extrañas
comunicaciones hechas por él al ejército bajo sus
órdenes, resultó presidente de la República.
So pretexto de que en esa parte de la isla se pensaba
en una separación del territorio a favor de Colombia,
llenó los calabozos de Puerto Príncipe con los más
ardientes ciudadanos de Santo Domingo, en cuyo corazón
reinaba el amor a la patria y que tan sólo aspiraban a
una suerte más dichosa, la igualdad de derechos y el
respeto de las personas y de las propiedades. Padres
de familia se expatriaron de nuevo para librarse de
las persecuciones que se les infligía. Y cuando creyó
que sus designios se habían realizado y que tenía
asegurado el objeto que codiciaba, puso en libertad a
los detenidos sin darles ni la menor satisfacción por
los insultos y los perjuicios que habían sufrido.
Nuestra condición no ha cambiado ni en lo mínimo. Las
mismas vejaciones y los mismos impuestos subsisten y
han aumentado aún. El mismo sistema monetario sin
garantía alguna prepara la ruina de los pueblos, y una
Constitución mezquina que nunca hará honor al país,
todo eso ha puesto por doquier el sello de la
ignominia privándonos, con una verdadera burla del
derecho natural, de la única cosa española que nos
quedaba: el idioma natal y ha puesto de lado nuestra
venerable religión para que desaparezca de nuestros
hogares. Y, en efecto, si esa religión del Estado,
cuando era protegida, fue despreciada y vilipendiada
conjuntamente con sus ministros, ¿qué será ahora que
se halla rodeada de sectarios y de enemigos?
La violación de nuestros derechos, costumbres y
privilegios y muchísimas vejaciones nos han revelado
nuestra esclavitud y nuestra decadencia y los
principios jurídicos que rigen la vida de las naciones
deciden la cuestión a favor de nuestra patria como la
decidieron a favor de los Países Bajos contra Felipe
II, en 1581.
En virtud de tales principios, ¿quién se atreverá a
repudiar la resolución del pueblo de Les Cayes cuando
se sublevó contra Boyer y lo declaró traidor de la
patria?
¿Y quién se atreverá a repudiar nuestra propia
resolución de declarar la parte oriental de la isla
separada de la República de Haití?
No tenemos obligación alguna con respecto a quienes no
nos dan los medios de cumplirla, ningún deber con
aquellos que nos privan de nuestros derechos.
Si se consideraba la parte oriental incorporada
voluntariamente a la República haitiana, debía gozar
de los mismos beneficios y de los mismos derechos de
que gozan aquellos con quienes se había aliado, y si
en virtud de esa unión estábamos obligados a defender
nuestra integridad, ella, por su parte, debía
procurarnos los medios de hacerlo; pero faltó a eso
violando nuestros derechos, y, por consiguiente,
estamos libres de nuestra obligación. Si se
consideraba esa parte oriental sometida a la
República, con más razón debía gozar sin restricciones
de todos los derechos y prerrogativas sobre los cuales
había un convenio y que le fueron prometidos y, si no
se realiza la única y necesaria condición de su
sometimiento, queda libre y enteramente desligada, y
sus deberes, en lo que a ella se refiere, le imponen
que provea por otros medios a su propia conservación.
Si consideramos esa Constitución con respecto a la de
Haití de 1816, veremos que, además del caso singular
de una Constitución dada a un país extranjero que no
la necesitaba y no había nombrado a sus diputados para
discutirla, hay también una escandalosa usurpación,
pues en aquella época los haitianos no tenían aún la
posesión de esa parte, exactamente como ocurrió con
los franceses cuando fueron expulsados de la parte
francesa: como no eran los propietarios, no podían
abandonarla a los haitianos. Por el tratado de
Basilea, esa parte fue cedida a Francia y devuelta a
España en ocasión de la paz de París, gracias a la
cual fue sancionada la posesión que los españoles
hicieron efectiva en 1809 y que continuó hasta 1821,
época en que dicha parte se separó de la metrópoli.
Cuando, en 1816, los hijos de occidente revisaron su
Constitución, esa parte no pertenecía ni a Haití ni a
Francia. En lo alto de las fortalezas flameaba la
bandera española, gracias a un derecho indiscutible, y
del hecho que los indígenas llamaban Haití a la isla
de Santo Domingo no debe deducirse que la parte
occidental, que fue la primera en constituirse en
Estado soberano con el nombre de República de Haití,
tuviera el derecho de considerar la parte del Este u
oriental como parte integral, cuando la una pertenecía
a los franceses y la otra a los españoles. Lo cierto
es, que si la parte oriental debía pertenecer a
Francia o a España y no a Haití, pues si nos
remontamos a los primeros años del descubrimiento del
inmortal Colón, nos damos cuenta de que los orientales
tienen más derechos al dominio que los occidentales.
Si, por último, se considera esa parte de la isla
conquistada por la fuerza, es por la fuerza, si no hay
otro modo, que se resolverá la cuestión. Considerando
los vejámenes y las violencias cometidos durante
veintidós años contra la parte anteriormente española,
salta a la vista que ha sido reducida a la más extrema
miseria y que se está llevando a cabo su ruina, por lo
cual el deber de su propia conservación y de su
bienestar futuro la obliga sin más a asegurar con
medios convenientes su seguridad, pues lo antedicho
constituye un derecho (un pueblo que depende
voluntariamente de otro pueblo con el objeto de
aprovecharse de su protección, queda libre de toda
obligación cuando dicha protección le viene a faltar,
o cuando eso ocurre por la impotencia del protector).
Considerando que un pueblo obligado a obedecer a la
fuerza y que le obedece hace bien, pero que si resiste
cuando puede hacer mejor; considerando, por último,
que dada la diferencia de las costumbres y la
rivalidad existente entre los unos y los otros, nunca
habrá armonía ni perfecta unión, y como además los
pueblos de la parte anteriormente española de la isla
de Santo Domingo comprobaron durante los veintidós
años de su agregación a la República de Haití que no
pudieron obtener ventaja alguna, sino al contrario,
que se arruinaron, empobrecieron y degradaron y que
fueron tratados de la manera más vil y abyecta, han
resuelto separarse para siempre de la República
haitiana para proveer a su seguridad y a su
conservación, constituyéndose, según los antiguos
límites, en Estado libre y soberano. Las leyes
fundamentales de ese Estado garantizarán el régimen
democrático, asegurarán la libertad de los ciudadanos
aboliendo para siempre la esclavitud y establecerán la
igualdad de los derechos civiles y políticos sin
miramientos para con las distinciones de origen y
nacimiento. Las propiedades serán inviolables y
sagradas; la religión católica, apostólica y romana
será, como religión del Estado, protegida en todo su
esplendor. Pero nadie será perseguido ni castigado por
sus opiniones religiosas. La libertad de prensa será
protegida; la responsabilidad de los funcionarios
públicos quedará debidamente establecida; la
confiscación de bienes por crímenes y delitos será
prohibida; la instrucción pública será estimulada y
protegida a expensas del Estado; los derechos e
impuestos serán reducidos al mínimum; habrá un olvido
total de los votos y de las opiniones políticas
emitidos hasta este día, y eso mientras los individuos
se adhieran de buena fe al nuevo sistema. Los grados y
empleos militares serán conservados de acuerdo a las
leyes que se establecerán. La agricultura, el
comercio, las ciencias y las artes serán igualmente
fomentados y amparados. Lo mismo ocurrirá con el
estado de las personas nacidas en nuestra tierra o con
el de los extranjeros que en ella querrán vivir, en
armonía con las leyes. Por último, emitiremos lo más
pronto posible una moneda con garantía real y
verdadera, sin que el público pierda nada sobre la que
tiene con el sello de Haití.
Tal es la finalidad que nos proponemos en nuestra
separación, y estamos resueltos a dar al mundo entero
el espectáculo de un pueblo que se sacrificará por la
defensa de sus derechos y de un país que está
dispuesto a reducirse a cenizas y escombros si sus
opresores, que se jactan de ser libres y civilizados,
persisten en su propósito de imponerle una condición
que le parezca aún más dura que la muerte.
En vez de transmitir a nuestros y a la posteridad una
esclavitud vergonzosa, nosotros, sobreponiéndonos con
firmeza y esperanza a los peligros, juramos
solemnemente ante Dios y ante los hombres, que
empuñaremos las armas para la defensa de nuestra
libertad y de nuestros derechos. Confiamos, sin
embargo, en la misericordia divina que nos protegerá e
inducirá a nuestros adversarios a una reconciliación
justa y razonable para que se evite el derramamiento
de sangre y las calamidades de una guerra espantosa
que no provocaremos pero que será una guerra de
exterminio, si debiera producirse.
¡Dominicanos! (comprendemos bajo esta denominación a
todos los hijos de la parte oriental y a quienes
quisieran seguir nuestra suerte) el interés nacional
nos llama a la unión. Con nuestra firme resolución,
mostrémonos los dignos defensores de la libertad;
sacrifiquemos en los altares de la patria todo odio y
toda personalidad; que el sentimiento del interés
público sea el móvil que nos dirige en la santa causa
de la libertad y de la separación. Con semejante
separación nada hacemos contra la prosperidad de la
República occidental y favorecemos la nuestra.
Nuestra causa es sagrada. No nos faltará ayuda, pues
ya podemos contar con la que nos procura nuestra
tierra, y, si fuera necesario, nos valdríamos del
auxilio que los extranjeros pudieran procurarnos en
semejante caso.
El territorio de la República Dominicana, estando
dividido en cuatro provincias, esto es: Santo Domingo,
Santiago o Cibao, Azua, desde el límite hasta Ocoa, y
Seybo, su gobierno se compondrá de un cierto número de
miembros de cada una de esas provincias a fin de que
participen de tal suerte y proporcionalmente a su
soberanía.
El gobierno provisional se compondrá de una Junta de
once miembros elegidos en el mismo orden. Esa Junta
tendrá en su mano todos los poderes hasta que se
redacte la Constitución del Estado. Determinará la
manera a su juicio más conveniente para conservar la
libertad adquirida y nombrará, por fin, jefe supremo
del ejército, obligado a proteger nuestras fronteras,
a uno de los más distinguidos patriotas, poniendo bajo
sus órdenes a los subalternos que le sean necesarios.
¡Dominicanos! ¡A la unión! Se presenta el momento más
oportuno. De Neyba a Samaná y de Azua a Montecristi
las opiniones son unánimes y no hay un solo dominicano
que no grite con entusiasmo: Separación, Dios, Patria
y Libertad.
Contribución de un anónimo
La
Independencia Dominicana
Artículo # 2
El 9 de Febrero de 1822, a tan sólo 39 días de haberse
proclamado la independencia de España por José Núñez
de Cáceres, el nuevo estado fue invadido por 12,000
efectivos del ejército Haitiano. Se pisoteaba la
soberanía del nuevo estado llamado Haití Español y se
le anexaba a la segunda nación en conquistar su
independencia en América (Haití).
Así se iniciaba la “larga tribulación”, que por 22
largos años sufrirían los dominicanos, bajo la bota
avasalladora del Dictador Haitiano General Jean Pierre
Boyer.
En el presente, hay quienes cegados por el
resentimiento y el prejuicio racial, han pretendido
desconocer la verdadera historia, al sostener las
expresiones de Boyer. De que fue llamado a ocupar
el territorio nacional, con la finalidad de abolir la
esclavitud y mejorar la economía del país.
Para sostener dicho juicio, el presidente Haitiano
se basaba en el hecho de que en el país no se disparo
un tiro durante la ocupación, que su presidente José
Núñez de Cáceres le recibió con un abrazo, a las
puertas de la Capital.
La realidad fue, que la población fue
paralizada por el terror que le inspiraba aquel
ejército compuesto por tártaros de ébano. Aún
perduraba el recuerdo las aterradoras escenas,
perpetradas tan solo 20 años antes, por las tropas del
General Jean Jacobs Dessalines y del lúgubre General
Cristóbal, en las invasiones de 1801 y 1805
Durante estas invasiones los pueblos de Monte Plata,
La Vega, Cotuí, San Francisco de Macorís, San José de
las Matas y Montecristi fueron saqueados y luego
quemados por las tropas comandadas por el General
Dessalines.
Pero peor suerte tuvieron los pueblos de Moca y
Santiago que fueron atacados por el General
Cristóbal, pues sus poblaciones fueron exterminadas
casi en su totalidad.
En Santiago se efectuaron actos tan crueles como lo
fue el arrojar a María Serra (quien padecía trastornos
mentales) a las caudalosas aguas del río Camú, en la
oscuridad de la noche.
También se engañó a la a la población al pedírsele a
la población a acudir a la iglesia tras garantizarles
a todos la vida, ya en el templo decapitaron y
desmembraron a más de 500 personas; el sacerdote Fray
Pedro Geraldino fue ensartado en las bayonetas.
Este acto de barbarie sin paralelo en nuestra
historia, fue repetido en Moca, donde luego de cerrar
las puertas de la iglesia para que nadie pudiese
escapar, los feligreses fueron decapitados y
desmembrados.
El cura José Vázquez fue quemado vivo en las
entrañas del templo, además las autoridades del
Ayuntamiento fueron colgadas en un balcón del Cabildo,
para dar testimonio de una crueldad satánica que
trascendía el límite que separa al hombre de las
fieras. (José Gabriel García.
Hist.
Sto. Dom.
Tomo No.1, Pág. 314).
Fue tan grande la matanza que la población disminuyó
de 125.000 habitantes en 1797 (según el historiador
martiniqueño Moreau de Saint-Mery) a 63.000 habitantes
en 1819 (Censo levantado por los españoles antes de la
invasión de Boyer) (La Isla al revés. Joaquín Balaguer,
Pág. 103).
Por las razones expuestas, el pueblo optó por
someterse sin disparar un solo tiro, al representante
de un país superior en número a la sazón 600.000
Habitantes, que tenía el prestigio de haber derrotado
al ejército de Napoleón Bonaparte.
El falso argumento esgrimido por el unificador de
Santo Domingo (Boyer) para justificar el sometimiento
de los dominicanos, fue el de abolir la esclavitud en
toda la Isla Española, pero la emancipación de un
pueblo no justifica el sometimiento ni el exterminio
de otro.
Las verdaderas razones de la invasión residían en:
1.La adquisición de nuevas tierras, para lo que era
necesario propiciar la migración de los colonos para
ocupar sus tierras y propiedades y luego repartirlas
entre la oficialidad del ejercito Haitiano,
solidificando así Boyer su posición de autócrata
gobernante.
2.El de forzar a los habitantes de la parte española a
pagar parte de los 150.000.000 Francos que requería
Francia de Haití como indemnización, para reconocer
su independencia (Franklin Franco. Historia del pueblo
Dominicano Pág. 184-185).
3.El de fusionar dos pueblos con raza, cultura, idioma,
religión e historia diferentes, sin contar con la
aceptación de los conquistados, este era un sueño
largamente acariciado por el iniciador de la revuelta
de los esclavos “Toussaint Louverture”.
Tan pronto Boyer regreso a Haití, el país quedó
bajo la responsabilidad del General “Jerónimo
Maximiliano Borgela. Se inició la persecución del
clero católico, en especial del arzobispo Pedro Valera,
quien se negó a reconocer el nuevo Gobierno.
Se ordeno el cierre de la Universidad más vieja del
Nuevo Mundo, se cerraron las escuelas y se
sustituyeron los símbolos hispánicos por los
haitianos.
También se intentó abolir el uso del español como
lengua y se implantó la Constitución Haitiana de 1816
que en sus artículos 38 y 39 ordenaba lo siguiente:
Art. 38.- Ningún blanco cualquiera que sea su
nacionalidad, podrá poner pie en territorio haitiano a
título de amo o propietario. Solamente se reconocerán
como haitianos los blancos que formen parte del
ejército, los que ejercen funciones públicas y a los
admitidos en el país antes de la publicación de la
Constitución del 27 de Diciembre de 1806. Para el
futuro y después de la publicación constitucional,
ningún blanco podrá aspirar a los mismos derechos ni
ser empleado, como tampoco adquirir la ciudadanía ni
propiedad en la República.
Art.39.- Por otra parte se permite después de un año
de residencia en el país adquirir los derechos de
ciudadanía y naturalización a todo africano, indo
americano y sus descendientes nacidos en colonias o
países extranjeros.
El odio expresado en los artículos que preceden (nos
recuerda el decreto lanzado por Dessalines de “muerte
al blanco”) propició el que la soldadesca haitiana
cometiera horrendos crímenes, como lo fue el
asesinato de Andrés Andújar y sus hijas las vírgenes
de Galindo.
Estas jóvenes junto a su padre fueron salvajemente
violadas, luego descuartizadas y sus despojos lanzados
a un pozo que les sirvió como sepultura. Este
repugnante acto fue perpetrado por los oficiales
haitianos Condé y Lenoir (Joaquín Balaguer.”Centinela
de la Frontera”, Pág. #19), quienes poseedores de una
sexualidad desenfrenada exacerbada por el alcohol,
cometieron tan horrenda barbarie.
Hechos como este motivaron el inicio de una gran
migración hacia Cuba, Puerto Rico y Venezuela; la
población trataba de escapar a la ira racial y a
los desenfrenados apetitos sexuales de los invasores,
así como al filo de sus espadas.
Aquel ejercito de bárbaros, como el de Atila,
arrasaba con todo lo que encontraba a su paso, nunca
sabremos cuantos dominicanos murieron ni cuantos
lograron escapar.
Pero si sabemos que al término de la ocupación la
población dominicana era de unos 30.000 habitantes, (según
el libro “República Dominicana” publicado por el
Gobierno del Presidente Cáceres), se redujo en un 50
% en relación al censo efectuado por los Españoles en
1819 donde fueron contadas 63.000 almas.
De esta forma se ensañaron los invasores con un pueblo
indefenso, que su único delito fue el de ser el
primado de América y el de estar compuesto por los
descendientes del Gran Almirante y de los aventureros
que le acompañaron en la más grande de las epopeyas
que recuerda la humanidad.
La primera manifestación de repudio contra la
ignominiosa ocupación se inició en el año de 1824
con la revolución de Los Alcarrisos, quienes la
encabezaron fueron fusilados.
Pero resistencia organizada tendría que esperar el
retorno de un joven nacido el 26 de enero de 1813, que
debido al cierre de las universidades había sido
enviado a Europa y Estados Unidos con la finalidad de
educarse, nos referimos a Juan Pablo Duarte y Diez.
En Europa Juan Pablo pudo ver como ideas liberales
se habrían paso en el viejo continente y a su regreso
junto a otros ocho compañeros funda la sociedad
secreta la trinitaria, el 16 de julio de 1838.
La sociedad quedó instalada en casa de Juan Isidro
Pérez, la cual estaba localizada frente a la Iglesia
del Carmen; su propósito era separar la parte
oriental de la Isla Española de la República de Haití
y crear en ella un estado libre y soberano.
Los ideales de los trinitarios se basaban en la
doctrina cristiana y en ideas de igualdad traídas
por su fundador desde Europa.
Predicaban que en el nuevo estado las únicas
diferencias que serian aceptadas entre los hombres,
serían las que derivan de las virtudes y los talentos;
relegando así las injusticias históricas a un
doloroso pasado que sólo perduraría en el recuerdo.
Con el fin de recolectar fondos para la causa
emancipadora y de crear espíritu público, los
Trinitarios crearon la Sociedad Dramática “La
Filantrópica”. Esta sociedad montaban obras
teatrales alusivas que de algún modo resultaban
aplicables a los opresores, así se esparció por todo
el país la idea de la Independencia.
En marzo de 1843 el Movimiento La Reforma, liderado
por el general Charles Herard, dio término al gobierno
de Boyer quien llevaba 25 años gobernando la República
de Haití y 21 años a los Dominicanos, acontecimiento
que aprovecharon los patriotas para acelerar los
preparativos de la independencia.
La información filtrada de labios de apátridas llegó a
oídos del presidente Herard, quien se apersonó en la
ciudad de Santo Domingo e inició una tenaz persecución
en contra de los revolucionarios; siendo arrestado
para luego ser liberado Matías Ramón Mella Castillo.
El líder del movimiento Juan Pablo Duarte se vio
forzado a partir en una goleta rumbo a Saint Thomas,
razón que le impidió asistir a la noche de la
Independencia, quedando el grupo bajo el liderazgo de
Francisco del Rosario Sánchez.
Además de los trinitarios existía el grupo de los
afrancesados que a través del Cónsul Francés señor
Levasseur gestionaba el beneplácito de Francia a la
independencia, a cambio de entregar la península de
Samaná.
Al enterarse los trinitarios del peligro que
representaba este grupo para la formación de una
nación totalmente libre y soberana, adelantaron sus
planes emancipadores.
La noche transcurría plácida, el susurro de un grupo
de ciudadanos que se acercaba a la Puerta de la
Misericordia rasgaba su silencio, era la fecha
escogida 27 de Febrero de 1844.
Los patriotas que se habían congregado en el lugar
para iniciar la revolución se dispersaban, pues la
inseguridad y el temor se había apoderado de ellos.
De pronto un estampido redentor proveniente del
trabuco de Matías Ramón Mella Castillo, desveló a la
soldadesca haitiana las intenciones del grupo. No
había otra salida que luchar.
Tras un nutrido tiroteo los invasores capitularon,
entregaron la plaza y las armas, la multitud eufórica
marchó entonces hacia la puerta Del Conde, donde
retiraron el pabellón haitiano y enarbolaron en la más
alta de las astas, la enseña tricolor bordada por
Concepción Bona, como signo de redención a 22 años
de ignominia.
Así nacía la República Dominicana, bajo el ideario
del más inmaculado de los próceres americanos, Juan
Pablo Duarte y Diez.
En ella no perecería jamás la libertad, ni la
igualdad entre los hombres. Sus hijos estaban
dispuestos a defender su independencia de toda nación
extranjera, sin importar el precio a pagar, dándolo
todo por la Patria, incluso la Vida.
Dr.
Luis M. Campillo