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TOMAS HERNANDEZ FRANCO : POETA Y DEPORTISTA
En un artículo que publicáramos en este mismo
diario decíamos que «Además de artista
literario, Hernández Franco sentía una
extraordinaria afición por los deportes. Su
pensamiento deportivo -argumentábamos- aparece
magistralmente expresado en “El Sport, su
historia, su simbolismo, su filosofía y su
influencia moral y material en la civilización”,
título de la conferencia leída por el propio
autor en el Teatro Apolo de Tamboril la noche
del 27 de octubre de 1931 en provecho del Team
de beisbol Senadores de este municipio»
Pero además de teórico del deporte, Hernández
Franco fue un fiel cultivador de las prácticas
deportivas. En Santiago, por ejemplo, se
desempeñó como promotor de boxeo, y cuando
cursaba estudios en Francia alcanzó el título de
campeón amateur de boxeo universitario al
derrotar a un estudiante alemán que ostentaba
tan preciado galardón.
Por considerarlo de interés, publicamos a
continuación el texto completo, hasta ahora
precariamente conocido, de la antes citada
disertación, por entender que la misma encierra
importantes juicios que necesariamente tendrán
que ser tomados en cuenta por poetas, artistas,
atletas e intelectuales, en una sociedad en la
que prima la falsa creencia que el ejercicio
muscular no es compatible con el desarrollo
artístico e intelectual :
EL SPORT, SU HISTORIA, SU SIMBOLISMO, SU
FILOSOFIA Y SU INFLUENCIA MORAL Y MATERIAL EN LA
CIVILIZACION
(Conferencia leída por su autor, Tomás Hernández
Franco, en el Teatro “Apolo”, de Tamboril, la
noche del 27 octubre 1931, en provecho del tema
de béisbol “Senadores”)
« Señoras y Señores:
Pláceme sobremanera ocupar esta tribuna y frente
a este público, porque en cierta forma es como
una oportunidad de pagar una deuda de cariño,
contraída desde mi infancia, porque aquí en
Tamboril mismo, y mucho antes de poder lanzarme
por mis propias fuerzas en las sendas de la
curiosidad literaria, mi imaginación se nutrió
de una tradición de cultura y de amabilidad que
parece haber sido de todo tiempo patrimonio o
herencia, timbre o blasón de esta comunidad.
Tamboril fue el trampolín desde el cual lancéme
hacia la vida, por las rutas sin huellas del mar
y por los vírgenes camino de la fantasía y del
ensueño y siempre, en las horas del recuerdo, en
la nostálgica evocación del viajero, la patria
lejana me cabía en el corazón.
Por imperiosas urgencias de la vida, frente a
otros públicos he escrito y frente a otros
públicos he hablado y aquí he vuelto siempre,
porque naturalmente aquí se polariza mi
existencia; pero nunca me he sentido un Simbad
de leyenda, siempre llegué sin la jactanciosa
actitud de quien pretende contar maravillas y a
la vida aldeana me reintegré sin esfuerzo porque
aldeano he sido siempre en mi orgullo y en mi
sinceridad.
Pero si por ahí, por los caminos de la vida, he
podido hacerme un lugar, si acaso mi nombre no
es de los que ruedan en el anonimato, si en
alguna parte algunos me toman en cuenta, porque
desde el principio he luchado de buena lid sin
dar las espaldas nunca, siempre en la brecha,
con la alegría que le parece el afán, es porque
en ningún momento me faltó la esperanza de ser
digno hijo de esa tradición de cultura y de
amabilidad que ustedes poseen por legítima
herencia y por bella tradición.
No pretendo pagar deuda por completo. Las deudas
de cariño no se cancelan nunca y siento que
ahora mismo la mía aumenta con la satisfacción
que me procura el hablaros.
Señoras y Señores:
Una de mis más reales satisfacciones al llegar
de nuevo a Tamboril, fue la que me procuró
comprobar cómo entre ustedes el beisbol había
ocupado una parte preponderante en vuestro
entusiasmo y en vuestras diversiones. Tamboril,
el que siempre amó la poesía y la belleza, el
que se conquistó una reputación llena de amables
ironías por su predisposición a los juegos del
espíritu, era lógico que rindiera tributo
también a las fiestas del músculo, porque en
ellas hay tanto o más lirismo que en cien mil
madrigales y porque en el gesto vivo y recio del
atleta hay tanta emoción como la que procura el
mejor soneto.
Por eso he escogido el presente tema, cosa que
no podía ser de otro modo tampoco, ya que esta
disertación me fue pedida por los entusiastas
del mismo “deportes rey” y que se hace a
beneficio de nuestros “Senadores”.
La práctica y el culto a los deportes remontan a
la más remota antigüedad. Ha sido tanta su
importancia en la historia del mundo que fijaos
bien la fecha más antigua que se conoce con
certeza en la historia de la humanidad, es la
fecha que marca un evento deportivo. En efecto,
en el año 776 antes de Cristo, el corredor
griego Korcibos ganó en el estadio de Olimpia la
carrera de los 185 metros. Año más que
memorable; pues no solamente marca el origen del
deporte sino también la historia de toda Europa.
Ninguna fecha exacta anterior a la victoria de
Korcibos es conocida.
Más allá es la leyenda, es la noche de los
tiempos, es una mezcla de tradiciones fabulosas
con documentos prehistóricos por entre los
cuales los sabios no se atreven a penetrar más
que con hipótesis, en ausencia de toda
cronología.
En la primera línea de la historia occidental,
se inscribe el nombre oscuro de un atleta
ganador de una simple carrera de 185 metros.
¿Por qué los griegos comienzan con ese hecho su
era nacional? Cuando los romanos sitúan su
primer año en la fundación de Roma, los
cristianos en el nacimiento de Cristo, los
musulmanes en el origen del Islán, los
revolucionarios franceses en la proclamación de
la República, los griegos comienzan a contar sus
años desde el día en el cual los sacerdotes de
Olimpia hacen grabar el nombre de Korcibos en
sus tablas de gloria. Ellos olvidaron en qué año
fue el sitio de Troya, ni cuándo vencieron a los
Atridas, ni en qué siglo murió Homero; pero de
la victoria de Korcibos no se olvidaron nunca y
la transmitieron a la posteridad cantada en
mármoles imperecederos, y es porque para los
griegos los juegos olímpicos revestían una
solemnidad de la cual ahora nada pueda darnos la
más remota idea.
Lourdes o la Meca son ahora simples lugares de
peregrinaciones religiosas, Bayreuth lo es
musical, Deauville, sportivo. Olimpia era todo
eso a un tiempo mismo y mucho más ilustre. Cada
cuatro años allí se reunían los filósofos más
famosos, los más grandes poetas, las mujeres más
bellas, los mejores músicos, los sacerdotes más
ilustres, los más conocidos guerreros y todo
aquel espectáculo grandioso giraba en torno de
las competiciones de los atletas venidos de
todos los países vecinos para medir sus fuerzas
contra los mejores del mundo conocido hasta
entonces.
La grandiosidad de aquellas fiestas de la
inteligencia y del músculo nos viene rodando al
través de los siglos en las odas de Píndaro, el
maravilloso poeta que inmortalizó el nombre de
los atletas vencedores y cuyos versos han
quedado hasta ahora, y quedarán mientras haya
poetas en el mundo, como ejemplos insuperables
en el género. Y quiero hacer notar algo que
todos ustedes saben. Ese amor de los griegos por
los juegos de la fuerza, no fue una
manifestación de frivolidad o de carencia de
inteligencia. Ningún pueblo se preocupó jamás,
tanto como los griegos de cultivar su espíritu y
de aumentar su inteligencia, pero, al mismo
tiempo, ningún pueblo llevó a más alto grado el
respeto casi religioso del cuerpo humano, de su
belleza, como los griegos mismos.
Más aún, Platón mismo, el filósofo griego, padre
de toda la filosofía, sacó de los juegos
atléticos los más imperecederos principios de
sus doctrinas. Y Paul Adam, el estupendo
escritor y filósofo francés, en su libro “Moral
del Sport”, funda toda la filosofía del deporte
en la filosofía platónica. Oíd estos párrafos:
“La admirable filosofía de Platón se
desprende del acto completamente material que
efectúa un corredor tratando de llegar a la
meta, un luchador estrechando su adversario. La
admiración hacia la musculatura del atleta, su
sitio, el concepto de lo bello en sí mismo, de
la armonía de la justicia y de la verdad, tal
fue, sobre la arena de Academos, el origen de
las filosofías que Spinosa, Kant y los
pensadores no cesan de confirmar”.
No hay más que comprobar, pues, ese otro aspecto
formidable de la influencia de los deportes
sobre la vida espiritual de la humanidad. Muchas
gentes que nunca han practicado un deporte, que
no saben la fuente de bienestar, de reposo de
verdad, de belleza y de justicia que es la
práctica de un Sport cualquiera, se refugian en
el prejuicio inmotivado de que el exceso de
fuerza física mata la fuerza espiritual, que las
dos actividades son incompatibles y que un
atleta, para serlo verdalmente, tiene que ser
una persona sin cultura.
Sin tener que remontar a la actualidad en que
reyes y emperadores no vacilaron en bajar a la
arena para medir sus fuerzas con todos los
atletas en diferentes competiciones, recordemos
que en la actualidad, Tunney, el campeón del
mundo de boxeo, ya retirado, es un graduado en
Leyes, en Filosofía y en Letras, que nunca ha
abandonado sus actividades intelectuales y que
en las dos mejores universidades del mundo, las
de Oxford y Cambridge, de Inglaterra, es en
donde están los mejores humanistas, los mejores
helenistas, los mejores estetas, los mejores
teólogos del mundo, los cuales son, al mismo
tiempo, los mejores boxeadores, los mejores
remeros, los mejores jugadores de foot ball, los
mejores atletas, en fin...
Recordemos también que Goethe, el estupendo
poeta alemán, fue un gran atleta que practicó
siempre la marcha a pie, la esgrima, la
natación, la equitación y el patinaje. Que Lord
Byron fue un nadador maravilloso que en mayo de
1810 atravesó el Helesponto a nado.
Que Lamartine fue un excelente montador de
caballo, que Víctor Hugo y Alejandro Dumas
admiraron el boxeo dejándonos, el primero de
ellos, un excelente retrato de boxeador en el
“Hombre que ríe” y que Teófilo Gautier mismo
practicó diariamente el boxeo francés, que es
mucho más peligroso que el inglés, y que el
mismo Federico Mistral, el suave autor de
Mireya, nos ha dejado en esa obra capítulos que
pueden considerarse como los precursores de la
actual literatura deportiva.
El músculo no mata inteligencia. Al
contrario, el mente sana en cuerpo sano de que
nos hablaron los latinos es hoy más que nunca
una verdad, y sólo el deporte, su práctica leal
y devota, puede procurar ese bello equilibrio
que es y ha sido el ideal de todos los tiempos.
Veamos ahora, a la ligera, algo del simbolismo
que hay en todos los deportes :
Los griegos, quienes, como ya hemos visto,
fueron los padres del deporte, llevándolo hasta
alturas que todavía nadie ha podido
reconquistar, pusieron en todos sus juegos un
origen simbólico que recorría, desde la ofrenda
religiosa hasta la imitación de la guerra, y
muchos mitos de la antigüedad viven todavía en
todos los deportes, sin que muchos de los
atletas que en la actualidad lo practican lo
sepan siquiera.
Así, para poneros un ejemplo que puede ser de
interés inmediato para ustedes, en el mismo
beisbol, una reconstrucción de aquellos
ejercicios en que el hombre necesitó, desde los
albores de la historia del mundo, ejercitarse
para conservar su vida cuando sólo disponía de
las armas rudimentarias con que lo dotó la
naturaleza.
Todo jugador de beisbol necesita ante todo ser
un corredor. La carrera del beisbol no se parece
a todas las demás carreras: el corredor no
solamente necesita ir de prisa para llegar a una
meta donde ningún peligro lo espera, sino que es
una carrera que tiene todo el aspecto de una
fuga, porque el corredor huye de la posibilidad
del out que lo acecha o de la bola que lo
persigue. Primer símbolo : el instinto de
conservación. del hombre primitivo.
Seguidamente un jugador de beisbol no puede
tirar la bola como un niño que tira una piedra
al azar. Necesita precisión en la tirada, saber
con una exactitud de centímetro a donde va a
parar la pelota después que salga de sus manos.
Segunda aparición del hombre primitivo
que sólo disponía de la piedra para abatir a sus
enemigos, pájaros, hombres o fieras, en los
primeros tiempos de su vida en la tierra. Las
mismas frutas eran desprendidas a pedradas, y el
hombre se acostumbró a la destreza de apararlas
entre sus manos, en cabriolas difíciles, para
que muchas veces no fueran a parar al fondo de
un abismo o entre las manos hábiles de algún
compañero más fuerte o menos diestro.
Viene luego el bate, arma ya más perfeccionada
que la piedra, maza que sirvió en los lejanos
tiempos como instrumento de ataque y de defensa.
En el béisbol todos los esfuerzos físicos se
emplean y todas las formas de ese esfuerzo se
manifiestan claramente, pero también el cálculo,
la fuerza de la inteligencia, la malicia, arma
suprema que el hombre primitivo empleó como
último argumento contundente para vencer a sus
enemigos.
Así vemos el símbolo de ese juego, simbolismo
que se descubre en todos los deportes actuales,
pues no hay ninguno que no corresponda
claramente a los íntimos reflejos que vienen
rodando con los siglos en el subconsciente de la
humanidad.
Como ustedes habrán visto, he venido empleando
indistintamente las palabras deporte y sport.
Sin embargo, la palabra deporte no significa
exactamente sport y esta última palabra, ya
internacionalizada y usada en todas las lenguas,
nos parece más exacta.
Varias veces se ha intentado dar una definición
de esa palabra que satisfaga a todos, y varios
autores y autoridades en la materia se han
ocupado de ello desde hace más de cincuenta
años. Paul Adam nos había escrito en 1907:
“Se llama sport toda obra coordinando una serie
de actos físicos homogéneos y razonados a fin de
aumentar la agilidad, el valor y la potencia del
hombre”.
El poeta Rolmer lo definía: “El sport es un
medio de vencerse o de vencer a un enemigo”.
Y Marcel Prevost, de la Academia francesa,
proponía la siguiente: “El sport es el
ejercicio metódico e higiénico del cuerpo humano
en vista de aumentar su fuerza, su agilidad y su
belleza y de desarrollar la energía de la
voluntad al mismo tiempo que procura reposo al
espíritu”.
Todas esas definiciones pecan, como se habrá
visto por vagas y por largas, habiéndose
encontrado en Francia esta otra definición más
precisa: “El sport es una lucha y un juego”.
Simplemente, y es así en realidad, el sport es
una lucha siempre, una lucha contra el tiempo,
contra el espacio, contra la fatiga, contra la
edad, contra el adversario, que sea hombre,
cosa, idea o sentimiento, una lucha contra la
pereza, contra el hábito y contra el fastidio.
Es un juego también porque es una forma de la
actividad cuyo objeto está en sí misma.
Esa lucha exige voluntad, paciencia, orden y
método, cualidades que van con el éxtasis y la
actitud contemplativa. Ese juego exige firmeza
de cuerpo y de espíritu, optimismo y lirismo.
Admitamos, pues, esa definición que es la más
precisa y la que mejor cuadra a la verdadera
misión del sport, tal y como ha sido comprendido
en todos los países. El verdadero sport es moral
y moralizador, suprime las distancias, acerca
todas las clases sociales, pone en contacto a
todos los ciudadanos que de otro modo quizás no
podrían jamás encontrarse en el mismo nivel.
Todo lo que acostumbra al hombre a sostenerse de
aplomo sobre sus piernas, a sostener los
choques, a mirar fríamente a su adversario,
encierra una virtud educativa que todas las
democracias deben utilizar.
De todo lo que hemos dicho se desprende que el
sport es el culto voluntario y habitual del
ejercicio muscular intensivo, apoyado en el
deseo de progreso que puede llegar hasta el
peligro y de ahí podemos deducir estas cinco
nociones primordiales: El sport no es natural al
hombre: está en contradicción formal con la ley
animal del “esfuerzo mínimo”. No es suficiente,
pues es necesario darle facilidades materiales
para que progrese o se mantenga: es necesario
estimularlo por la pasión o por el cálculo.
El carácter sportivo es susceptible de
sobreponerse a todo ejercicio muscular como
puede también estar completamente ausente. Esta
afirmación debemos explicarla más
detalladamente. Se puede practicar un sport, sin
ser sportivo, se puede ser jugador de béisbol,
sin ser sportivo, sobre todo cuando no se lleva
al diamante el espíritu caballeroso, leal,
franco, decidido, que caracteriza toda
manifestación de ese género.
En efecto, querer ganar en toda competición, es
lógico, porque el triunfo es el objetivo que se
persigue en toda lucha, pero querer ganar a todo
trance aun cuando se reconoce la propia
inferioridad, utilizando para ello tretas de
mala fe o combinaciones de cualquier especie,
cuando al terreno se lleva el engaño, la cólera,
el odio, la inquina ya se podrá ser jugador de
béisbol pero no se será sportivo nunca, porque
se han traspasado sus fronteras de belleza.
En el verdadero sport hay que querer ganar
siempre, hay que luchar hasta lo último por el
triunfo, pero hay que admitir sinceramente la
derrota, hay que saber perder, y hay que saber
reconocer sinceramente la superioridad del
adversario y tratar en seguida de superarlo. Ese
es uno de los aspectos en que más ha influido el
sport en la actual civilización: las gentes, al
sportizarse, van perdiendo mucho de la animal
rudeza de antes, y ante el espíritu sportivo, el
rencor, la venganza, la inquina, van perdiendo
camino. Cuando todo el mundo tenga alma
sportiva, podremos asegurar que el crimen, la
falsedad, el engaño habrán desaparecido del
mundo.
La tercera consecuencia es que el sport siendo
una escuela de dominio sobre uno mismo y
haciendo un constante llamamiento a la
observación y a la sangre fría, cae en los
dominios de la psicología tanto como en los de
la fisiología y puede hacer reaccionar
favorablemente el entendimiento, el carácter y
la conciencia. Por tal motivo, es un agente de
perfeccionamiento moral y social.
Señores:
Muy a la ligera, contra mi querer, por no haber
tenido el tiempo material suficiente para darle
forma más amplia a esta disertación, he querido
probaros de una verdad que ya seguramente
adivinabais. Nada más noble que el sport y nada
más noble que esa actitud de entusiasmo que todo
el pueblo ha tomado frente a los triunfos de
nuestro team beisbolero que muy pronto va a
enfrentarse a la conquista del campeonato de
serie “E”. Os he dicho cómo, desde Homero y
Píndaro, los más grandes hombres de la humanidad
en las actividades del intelecto, se han ocupado
del sport sin sentirse denigrados, y que lo han
practicado previamente sin obtener ningún
menoscabo de sus inteligencias. No olvidéis que
el mismo Platón, antes de ser filósofo, fue
atleta y por eso que nadie crea que se pierde el
tiempo que se dedica al cultivo de la fuerza
física.
Ojalá que vuestro entusiasmo no se limite a
aplaudir solamente al único equipo atlético que
Tamboril ha logrado presentar y que, por el
contrario, otros deportes, conjuntamente con el
béisbol, logren vuestro favor y se desarrollen
aquí.
Amigos del Team “Senadores”:
Habéis visto la diferencia que existe entre ser
practicante de un sport y ser un verdadero
sportivo. Ya sabéis las condiciones morales y
materiales que tal nobleza exige. Sedlo siempre.
Hay que llevar en todas vuestras acciones, aun
aquellas que se pasen fuera del diamante, la
dignidad de aquel que respeta su propio cuerpo,
de aquel a quien la práctica metódica y digna de
ejercicios físicos ha dado el equilibrio
constante de una mentalidad sana en un cuerpo
sano.
Habéis aprendido a ganar y no sabéis lo que es
perder, pero preparaos siempre para otros
triunfos, pensando que el día en que llegue la
derrota, no será pesado para vosotros, porque en
toda lucha, el mejor ha de salir vencedor, y de
la derrota sólo podemos, en sportivo, tratar de
sacar, no cóleras ni desalientos, sino lecciones
para otros triunfos. El día que penséis así y
así viváis, habréis dado una lección sportiva a
todos y seréis dignos de llamaros verdaderos
jugadores de béisbol. He dicho. »
29 de Marzo, 2010
03:29 AM
Por
Domingo Caba Ramos Educador y Profesor
Universitario.
dcaba5@hotmail.com
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