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Historia de la literatura dominicana
Difícilmente antes del
siglo XIX
se podría hablar de textos fuera del casillero de la literatura
colonial. Los primeros
autores
nacionales, entonces, contarían entre sus filas a
José Núñez de Cáceres,
Juan Pablo Duarte,
Nicolás Ureña de Mendoza,
que serían los que rondan el año
1844,
el de la proclamación de la
República Dominicana.
Luego vendrían
José Joaquín Pérez,
Manuel de Jesús Galván,
Nicolás Ureña de Mendoza
y su hija
Salomé Ureña.
Como antecedente, el primer
texto
literario escrito en la
isla,
que se recuerda, es el Diario de navegación del
genovés
Cristóbal Colón,
en el que el
almirante
describe el paisaje y los pobladores de
América.
A partir de esa obra se sucederán otras en diversos
géneros
y en distintos momentos de su evolución histórica. Cristóbal de
Llerena escribe el entremés Octava de Corpus Christi y,
durante la etapa colonial,
Leonor de Ovando
escribe algunos
sonetos,
por lo que se le considera la primera mujer en escribir
poesía
de este lado del mundo.
La poesía,
la novela,
el cuento,
el ensayo
y
la historia
han expresado el discurrir político, social y económico del país que
desde la hazaña del
descubrimiento
se ha impregnado de múltiples corrientes de pensamiento, sobre todo
europeas
y
estadounidenses
inicialmente, y del lejano oriente en las producciones de algunos
escritores de finales del
siglo XX.
La poesía ha tenido exponentes prominentes. El siglo XIX fue uno de
los que más robusteció el género, aunque el XX fue todavía más
prolífico y significó la evolución hacia su madurez, con el
surgimiento de las vanguardias.
Aunque se desarrolló tardíamente, la novela ha tenido y tiene
exponentes importantes en el país, aunque su desarrollo no ha
escalado como las otras manifestaciones literarias. Surgió bajo la
influencia del
romanticismo
francés de
Víctor Hugo
y acusa tres momentos importantes de acuerdo a su tipología y
temática: la “novela de la caña”, la “novela bíblica” y “novelas
costumbristas”.
El cuento ha tenido más trascendencia que la novela. El aporte de
Juan Bosch,
maestro del género en
Hispanoamérica,
ha sido fundamental. El escritor y político escribió tres
significativas colecciones de cuentos tituladas Cuentos escritos
antes del exilio, Cuentos escritos en el exilio y Más
cuentos escritos en el exilio. El cuento moderno se inicia en la
segunda fase del siglo XIX, es decir, tardíamente, a juzgar por
otros países.
Durante décadas, los intelectuales dominicanos han tenido en el
ensayo un escenario que han ampliado y desarrollado con talento.
Destacan los ensayos políticos de los independentistas, los
conservadores y los restauradores. Uno de sus mejores exponentes en
la arena internacional fue don
Pedro Henríquez Ureña.
La pasión local por los temas históricos, sobre todos los que
abordan el tema de la dictadura de
Rafael Leonidas Trujillo
y otros episodios políticos trascendentales, ha influido en el
desarrollo de historiadores de fuste en diferentes épocas de la
República.
La poesía
[editar]
Según el escritor
Basilio Belliard,
el momento más espléndido de la poesía dominicana del siglo XIX es
el que conforman
Salomé Ureña,
José Joaquín Pérez
y
Gastón Fernando Deligne,
tres pilares donde descansa la modernidad de nuestra poesía de la
época en sus vertientes patriótica, indigenista y psicológica. Pero
no es sino en el siglo XX cuando nuestra poesía alcanza la categoría
de moderna, con el surgimiento de las vanguardias.
La poesía es el género más cultivado desde
Manuel María Valencia,
el primer poeta romántico, pasando por
Fabio Fiallo
y otros que asimilan las influencias de las corrientes literarias
europeas, hasta la irrupción incipiente del
modernismo
en tres figuras importantes como
Valentín Giró,
Ricardo Pérez Alfonseca
y
Osvaldo Bazil,
cuyas influencias de
Darío
languidecen con la aparición del
postumismo,
hacia
1921.
Tal es el caso de
Otilio Vigil Díaz,
el introductor de las vanguardias en las letras dominicanas, y gran
renovador de nuestra lírica, influido por el
simbolismo
francés. Así, funda el primer movimiento poético de carácter
unipersonal, al que se le sumó
Zacarías Espinal
y al que denominó vedrinismo, llamado así porque en sus versos
intentaba hacer las piruetas que hacía en el aire un
aviador
francés de nombre
Jules Vedrines.
Vigil Díaz
introduce la modernidad al crear el
verso libre
y el poema en
prosa
con sus libros Góndolas (1912)
y Galeras de Pafos (1921). Después de él, la poesía
dominicana vive otro gran momento representado por
Domingo Moreno Jimenes,
al fundar, junto al filósofo
Andrés Avelino
y al poeta
Rafael Augusto Zorrilla,
el
postumismo,
en 1921.
Redactan un manifiesto en el que niegan las
vanguardias
y favorecen una poesía de carácter nacionalista que rescate el color
local, el paisaje y la identidad del hombre dominicano. Con el
postumismo la tradición poética dominicana se renueva y sacude para
incubar nuevas voces que la fortalecen.
A este movimiento le sigue la Poesía Sorprendida, el grupo más
pujante y de una gran apertura estética, conformado por grandes
poetas como
Franklin Mieses Burgos,
Antonio Fernández Spencer,
Aída Cartagena Portalatín,
Freddy Gatón Arce,
entre otros. Este conjunto de poetas tenía como lema la “poesía con
el hombre universal”, contrario al postumismo.
Después le sigue la generación de los Independientes del 40,
integrada por
Manuel del Cabral,
Héctor Incháustegui Cabral,
Pedro Mir
y
Tomás Hernández Franco,
los cuales publicaron poemas emblemáticos como Compadre Mon,
Hay un país en el mundo, Poema de una sola angustia y
Yelidá.
De los Sorprendidos se desprende otro grupo de poetas
antitrujillistas llamados la
Generación del 48,
conformada, entre otros, por
Víctor Villegas,
Máximo Avilés Blonda,
Lupo Hernández Rueda,
Luis Alfredo Torres,
Rafael Valera Benítez,
Abelardo Vicioso,
etc.
En los años
sesenta,
a raíz de la caída del régimen de
Trujillo,
surgen los escritores de la
Generación del Sesenta
con
Marcio Veloz Maggiolo,
Ramón Francisco,
René del Risco,
Jeannette Miller
y
Miguel Alfonseca.
En la misma década, y como consecuencia de la
Guerra de abril del 65,
surge el movimiento llamado Poetas de Postguerra (o Joven Poesía),
con
Mateo Morrison,
Andrés L. Mateo,
Enriquillo Sánchez,
Tony Raful,
Alexis Gómez Rosa,
Enrique Eusebio
y
Soledad Álvarez,
entre otros.
En los años
ochenta
aparece un movimiento poético que funda una ruptura con aquella
generación al desentenderse de lo ideológico y de la circunstancia
histórica, creando una poesía del pensamiento y la reflexión sobre
otros temas: no ya lo social, sino lo
filosófico,
la
muerte
y lo
erótico.
Entre esos poetas están
Leandro Morales,
José Mármol,
Plinio Chahín,
Dionisio de Jesús,
Médar Serrata,
Víctor Bidó,
José Alejandro Peña,
etc.
Cabe destacar poetas de transición de finales de los años setenta y
principios de los ochenta, como
José Enrique García,
autor del libro El fabulador y
Cayo Claudio Espinal
creador del
Movimiento Contexualista
y autor de los libros Utopía de los vínculos, Banquetes de
aflicción, Comedio (entre gravedad y risa), Las
políticas culturales en la República Dominicana, La mampara
y
Clave de estambre.
También de transición, aparece en
1993
Preeminencia del tiempo,
de
Leopoldo Minaya,
tal vez la obra poética fundamental de la última década del siglo
XX, caracterizada por un sincretismo estético y estilístico que
integra el canon clásico a las diversas escuelas de vanguardia,
revelando una angustia existencial que remonta a las esencias mismas
del espíritu humano.
La novela
[editar]
La primera novela escrita por un dominicano fue El montero
(1856, publicada en
París),
de
Pedro Francisco Bonó.
Luego le siguió La fantasma de Higuey (1857, publicada en
La Habana)
de
Francisco Angulo Guridi,
aunque algunos historiadores de la literatura dicen que la primera
novela dominicana es Los amores de los indios (1843,
publicada en La Habana) de Angulo Guridi. La novela dominicana no ha
tenido la pujanza que han tenido otros géneros como la poesía, el
ensayo y el cuento, a pesar del Enriquillo (1879) de
Manuel de Jesús Galván,
que es la gran novela indigenista del Nuevo Mundo.
La novela es un género tardío en la República Dominicana. Surge bajo
la influencia del romanticismo francés de
Víctor Hugo.
Como se ve, la historia de la literatura dominicana es la historia
de la poesía o, más bien, de generaciones poéticas. Un gran hito de
la novelística dominicana lo constituye la novela Sólo cenizas
hallarás (bolero) de
Pedro Vergés,
con la que obtuvo los premios
Blasco Ibáñez
y el de la crítica en
España
en
1980.
La novela dominicana acusa tres momentos importantes de acuerdo a su
tipología y temática: la “novela de la caña”, representada por
Cañas y bueyes de
Moscoso Puello,
Over de
Marrero Aristy
y Jenjibre de
Pérez Alfonseca.
Luego la “novela bíblica” de
Carlos Esteban Deive,
Veloz Maggiolo
y
Ramón Emilio Reyes
y la “novela propagandística” como Los enemigos de la tierra
de
Requena,
Trementina, clerén y bongó y “novelas costumbristas” como
La cacica de
Rafael Damirón,
Baní o Engracia y Antoñica de
F. Gregorio Billini,
La mañosa de
Juan Bosch
y la triología de
García Godoy,
compuesta por
Rufinito,
Guanuma
y
Alma dominicana
.
Dentro de los novelistas más consagrados y de mayor proyección
internacional en el momento actual se encuentra
Marcio Veloz Maggiolo,
autor de una decena de novelas, versátil escritor, pues ha cultivado
el cuento, el ensayo histórico-arqueológico, el
teatro
y
la novela.
Junto a
Aída Cartagena Portalatín
funda la novela experimental, el primero con Los ángeles de hueso
(1967) y la segunda con Escalera para Electra (1970). No
obstante esa realidad, muchos críticos literarios afirman que la
gran novela dominicana aún no se ha escrito, a pesar de la
existencia de novelas como La sangre de
Tulio Manuel Cestero,
Over de
Ramón Marrero Aristy,
La mañosa de Bosch, Biografía difusa de Sombra Castañeda
de Veloz Maggiolo o La balada de Alfonsina Bairán de
Andrés L. Mateo.
El cuento
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El cuento es un género que ha tenido mejor suerte que la novela,
pues tenemos el privilegio de contar con un maestro del género en
Hispanoamérica como lo es Juan Bosch, quien escribió tres
significativas colecciones de cuentos tituladas Cuentos escritos
antes del exilio, Cuentos escritos en el exilio y Más
cuentos escritos en el exilio. El cuento moderno se inicia en la
segunda fase del siglo XIX, es decir, tardíamente, a juzgar por
otros países. El primer cuento breve que se conoce es El garito
(1854) de
Ángulo Guridi.
Las primeras leyendas y relatos de tradición oral que llegan a la
isla provienen de los conquistadores, a través de sus intelectuales
y religiosos que las esparcen por todo el territorio nacional. En el
siglo XIX las primeras narraciones son de corte costumbristas, y la
principal figura de esta tendencia es
César Nicolás Penson,
autor de Cosas añejas.
Ya en el siglo XX tenemos la figura de
Fabio Fiallo,
quien escribe cuentos modernistas influidos por su amigo
Rubén Darío
con Cuentos frágiles (1908), así como
Tulio Manuel Cestero
y
Virginia Elena Ortea.
Otros importantes exponentes del género son
José Ramón Lopez,
René del Risco,
Virgilio Díaz Grullón,
Hilma Contreras,
Sanz Lajara,
José Rijo,
Diógenes Valdez,
Pedro Peix,
entre otros. Desde la temática costumbrista y socio-realista de
Bosch,
Sócrates Nolasco,
Néstor Caro
y
Marrero Aristy.
Durante del régimen de Trujillo, surgen los escritores de la
Generación del Sesenta con Marcio Veloz Maggiolo, Ramón Francisco,
René del Risco, Jeannette Miller y Miguel Alfonseca.
En la misma década, y como consecuencia de la Guerra de abril del
65, surge el movimiento llamado Poetas de Postguerra (o Joven
Poesía), con Mateo Morrison, Andrés L. Mateo, Enriquillo Sánchez,
Tony Raful, Alexis Gómez Rosa, Enrique Eusebio y Soledad Álvarez,
entre otros.
En los años ochenta aparece un movimiento poético que funda una
ruptura con aquella generación al desentenderse de lo ideológico y
de la circunstancia histórica, creando una poesía del pensamiento y
la reflexión sobre otros temas: no ya lo social, sino lo filosófico,
la muerte y lo erótico. Entre esos poetas están Leandro Morales,
José Mármol, Plinio Chahín, Dionisio de Jesús, Médar Serrata, Víctor
Bidó, José Alejandro Peña, etc. Cabe destacar poetas de transición
de finales de los años setenta y principios de los ochenta, como
José Enrique García, autor del libro El fabulador y Cayo Claudio
Espinal creador del Movimiento Contexualista y autor de los libros
Utopía de los vínculos, Banquetes de aflicción, Comedio (entre
gravedad y risa), Las políticas culturales en la República
Dominicana, La mampara y Clave de estambre. También de transición,
aparece en 1993 Preeminencia del tiempo, de Leopoldo Minaya, tal vez
la obra poética fundamental de la última década del siglo XX,
caracterizada por un sincretismo estético y estilístico que integra
el canon clásico a las diversas escuelas de vanguardia, revelando
una angustia existencial que remonta a las esencias mismas del
espíritu humano.
La novela
editar
La primera novela escrita por un dominicano fue El montero (1856,
publicada en París), de Pedro Francisco Bonó. Luego le siguió La
fantasma de Higuey (1857, publicada en La Habana) de Francisco
Angulo Guridi, aunque algunos historiadores de la literatura dicen
que la primera novela dominicana es Los amores de los indios (1843,
publicada en La Habana) de Angulo Guridi. La novela dominicana no ha
tenido la pujanza que han tenido otros géneros como la poesía, el
ensayo y el cuento, a pesar del Enriquillo (1879) de Manuel de Jesús
Galván, que es la gran novela indigenista del Nuevo Mundo.
La novela es un género tardío en la República Dominicana. Surge bajo
la influencia del romanticismo francés de Víctor Hugo. Como se ve,
la historia de la literatura dominicana es la historia de la poesía
o, más bien, de generaciones poéticas. Un gran hito de la
novelística dominicana lo constituye la novela Sólo cenizas hallarás
(bolero) de Pedro Vergés, con la que obtuvo los premios Blasco
Ibáñez y el de la crítica en España en 1980.
La novela dominicana acusa tres momentos importantes de acuerdo a su
tipología y temática: la “novela de la caña”, representada por Cañas
y bueyes de Moscoso Puello, Over de Marrero Aristy y Jenjibre de
Pérez Alfonseca. Luego la “novela bíblica” de Carlos Esteban Deive,
Veloz Maggiolo y Ramón Emilio Reyes y la “novela propagandística”
como Los enemigos de la tierra de Requena, Trement hasta la
vertiente psicológica de
Díaz Grullón
y la temática urbana de del Risco o la fantástica de Peix, el cuento
ha experimentado una variedad de facetas que lo hacen ser un género
de una riqueza expresiva, temática y técnica encomiable.
En los años ochenta se destacan
René Rodríguez Soriano,
Ángela Hernández,
Rafael García Romero,
Pedro Camilo,
Avelino Stanley,
Ramón Tejada Holguín,
César Zapata,
Manuel García Cartagena
y en los años noventa,
Pedro Antonio Valdez,
Pastor de Moya,
José Acosta,
Luis Martín Gómez,
entre otros.
El ensayo
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Escrito en prosa sobre un tema específico sin pretensiones
científicas ni conclusión definitiva. El término ensayo fue usado
originalmente para designar aquellos escritos experimentales que
oscilaban entre la
ciencia
y la
literatura.
Pero esa concepción ha ido cambiando paulatinamente, al extremo de
que en la actualidad se le da categoría de ensayo a aquellos textos
que mediante la
exposición,
la
discusión
y la
evaluación
de un tema detergí-nado pretende validar la tesis expuesta en el
mismo. El iniciador del género fue el
francés
Miguel de Montaigne
(1533-1592),
quien en
1580
publicó una serie de escritos sobre sus confesiones personales
titulado Essais (Ensayos). Posteriormente, en 1597, el inglés
Francisco Bacon
(1561-1626)
dio a la publicidad su obra Ensayos, meditaciones religiosas,
tópicos de
persuasión
y de
discusión.
Entre otros propulsores europeos del ensayo sobresalen:
Joseph Addison
(1672-1719),
Gaddhold Lessing
(1729-1781),
Johann Goethe
(1749-1832),
Tomás Carlyle
(1795-1881),
Tomás Macaulay
(1800-1859),
Hipólito Taine
(1828-1893),
Paul Valéry
(1871-1945),
Thomas Mann
(1875-1955)
y
Gyorgy Lukacs
(1885-1971).
En España, donde el ensayo toma verdadero cuerpo en el siglo XIX,
han ganado fama como ensayistas
Angel Ganivet
(1865-1898),
Miguel de Unamuno
(1864-1936),
José Ortega y Gasset
(1883-1955)
y
Amé-rico Castro
(1885-1972).
Hispanoamérica, por su parte, ha dado figuras de la talla de
Juan Montalvo
(1833-1889),
José Martí
(1853-1895),
José Vasconcelos
(1881-1959),
Pedro Henríquez Ureña
(1884-1946),
José Carlos Mariátegui
(1895-1930),
Octavio Paz
(1914-1998)
y
Roberto Fernández Retamar
(1930).
En República Dominicana, como en casi todo el que resto de América
Latina, el ensayo surge formalmente en la segunda mitad del
siglo XIX
y adquiere notoriedad en el XX. Su orientación ha sido
tradicionalmente histórica, política, sociológica y literaria. Es
difícil fijar el punto de partida del ensayo dominicano, pues antes
de que dicho género alcanzara cierto nivel de madurez en el país,
hubo un grupo considerable de escritores que expresaron sus
inquietudes políticas, sociales y literarias a través de la
prosa
ensayística. Los ideales
revolucionarios
de los independentistas y los
restauradores,
así como el arribismo y el antinacionalismo de los intelectuales
conservadores dominicanos de la segunda mitad del siglo XIX
predominan en los escritos periodísticos de los más valiosos
representantes de la primera oleada de ensayistas nacionales. Los
artículos de
Alejandro Angulo Guridi
(1816-1884),
particularmente los publicados en los semanarios El Orden, La
Re-pública,
La Reforma
y El Progreso y reunidos posteriormente en su obra Temas políticos
(1891), reflejan el nivel de desajuste político de la sociedad
dominicana de su época. Aunque menos profundo que Guridi en el
análisis de temas políticos, pero más hábil que muchos de sus
coetáneos en la percepción de las costumbres y los males sociales
locales,
Ulises Francisco Espaillat
(1823-1878)
motivó a muchos de sus acólitos a cultivar la prosa periodística.
Labrados con un estilo fluido y ameno, pero de ingrato recuerdo para
el pueblo dominicano por su contenido alienante y pesimista, fueron
los editoriales anexionistas del periódico La Razón firmados por
Manuel de Jesús Galván
(1834-1910)
los cuales fueron complementados años después con su defensa a
Pedro Santana
divulgada en los semanarios Oasis y Eco de la Opinión. Otra figura
importante en esa etapa embrionaria de la ensayística nacional fue
Manuel de Jesús Peña y Reynoso
(1834-1915),
autor de ensayos sobre la novela Enriquillo, de
Manuel de Jesús Galván
y Fantasías indígenas, de
José Joaquín Pérez.
Pero el más notable ensayista literario dominicano del siglo XIX y
de las dos primeras décadas del XX fue
Federico García Godoy,
quien inició su labor crítica en 1882 en el periódico El Porvenir
extendiéndose hasta el momento de su muerte, ocurrida en
1924.
Sus opiniones fueron difundidas en importantes revistas y periódicos
nacionales y extranjeros y en sus obras Perfiles y relieves (1907),
La hora que pasa (1910),
Páginas efímeras (1912),
El derrumbe,
1916
y Americanismo literario (1918).
José Ramón López
(1866-1922),
aferrado originalmente a la propuesta gastronómica que asocia el
triunfo de los pueblos al tipo de alimentación de sus habitantes,
figura entre los primeros de un connotado número de intelectuales
nacionales que como
Américo Lugo
(El Estado dominicano ante el derecho público,
1916
y El nacionalismo dominicano,
1923),
Francisco Moscoso Puello
(Cartas a Evelina,
1941),
Manuel Arturo Peña Batlle
(La
isla de la Tortuga),
Juan Isidro Jimenes Grullón
(La
República Dominicana,:
una ficción,
1965),
Joaquín Balaguer
(La isla al revés,
1983)
y
Juan Bosch
(El pentagonismo, sustituto del imperialismo,
1963
y David, biografía de un rey,
1968),
se disputaron las diversas corrientes ideológicas de la ensayística
isleña. De ellos, Peña Batlle, Moscoso Puello y Balaguer,
supeditaron su producción a la corriente denominada pesimismo
dominicano, la cual partía de la creencia conservadora de que la
República Dominicana era incapaz de desarrollarse por sí misma.
Otros, en cambio, como Juan Isidro Jimenes Grullón y Juan Bosch se
apoyaron en el discurso sociológico e histórico para revisar muchos
y rectificar muchos de los planteamientos de sus predecesores
inmediatos.
Actualmente en los ensayistas dominicanos de temas históricos y
sociológicos prima el interés por deslindar el concepto de
nacionalidad, los conflictos raciales y la función social de los
intelectuales locales. Los ensayos de
Manuel Núñez
(El ocaso de la nación dominicana,
1990),
Andrés L. Mateo
(Mito y cultura en la era de Trujillo,
1993),
José Rafael Lantigua
(La conjura del tiempo,
1994)
y
Federico Henríquez Gratereaux
(Un ciclón en una botella,
1996)
son ejemplos notables de dicha tendencia. Otros, como
Miguel Guerrero
(Los últimos días de la era de Trujillo,
1995,
La ira del tirano,
1996
y Trujillo y los héroes de junio,
1996)
y
MuKien Adriana Sang
(Ulises Heureaux: biografía de un dictador,
1987,
Buenaventura Báez, el caudillo del Sur,
1991
y Una utopía inconclusa: Espaillat y el liberalismo dominicano
del siglo XIX,
1997)
han encontrado en el pasado histórico la vía idónea para revisar
muchos capítulos nebulosos de la historia nacional, especialmente
los relacionados con el papel jugado por varios de los dictadores
dominicanos.
Desde inicio del siglo XX, el ensayo literario comienza a ganar
terreno. Surgen, entonces, las voces de Pedro Henríquez Ureña
(Ensayos críticos,
1905,
Seis ensayos en busca de nuestra expresión,
1927,
Literary Currents en Hispanic América,
1946),
Max Henríquez Ureña
(Breve historia del modernismo,
1964),
Camila Henríquez Ureña
(Apreciación literaria,
1964)
y
Antonio Fernández Spencer
(Ensayos literarios,
1960)
quienes asumen, por primera vez en la historia de las letras
dominicanas, el análisis y la crítica literarias con objetividad
científica. Exceptuando a Bruno Rosario Candelier (Lo culto y lo
popular en la poesía dominicana,
1979,
La imaginación insular,
1984
y La creación mitopoética,
1989),
Diógenes Céspedes
(Seis ensayos sobre poética latinoamericana,
1983,
Estudios sobre literatura, política Lenguaje y poesía en
Santo domingo
en el siglo XX,
1985,
Política de la teoría del lenguaje y la poesía en América Latina en
el siglo XX,
1995),
José Alcántara Almánzar
(Estudios de poesía dominicana,
1979),
Daisy Cocco De Filippis
(Estudios semióticos de poesía dominicana,
1984)
y
Manuel Matos Moquete
(El discurso teórico en literatura en América Hispánica,
1983
y En la espiral de los tiempos,
1998),
la más reciente promoción de ensayistas literarios nacionales, entre
ellos:
Manuel Mora Serrano,
Miguel Angel Fornerín,
José Enrique García,
etc. han desarrollado una invaluable labor en la prensa nacional
como articulistas, reseñadores de libros y cronistas literarios.
La historia
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La historia, como género literario ha tenido grandes exponentes en
nuestro país, desde los grandes fundadores de la historiografía
dominicana como
José Gabriel García,
Manuel del Monte y Tejada
y
Bernardo Pichardo,
hasta la hegemonía de los representantes de dos tendencias
antagónicas desde el punto de vista ideológico, tal es el caso de
Roberto Cassá
y
Frank Moya Pons.
Importantes historiadores desde la era de Trujillo, además de éstos,
son
Emilio Cordero Michel,
Jaime de Jesús Domínguez,
Franklin Franco Pichardo,
Juan Daniel Balcácer
y
Bernardo Vega.
El tema de Trujillo es el que despierta más interés y curiosidad, de
ahí que Vega sea uno de los más leídos por su historia documental,
así como aquellos historiadores que tratan los temas de la
Iglesia Católica
y la era de Trujillo.
Los temas de la independencia, las intervenciones estadounidenses,
la etapa colonial y precolombina han sido abordados de manera
acuciosa por nuestros historiadores con diferentes enfoques y
métodos de análisis.
La Composición Social Dominicana del profesor
Juan Bosch
es un referente obligado como punto de partida sociológico para
analizar la estructura social de la RD desde el punto de vista
histórico, así como la Sociología Política Dominicana de
Jimenes Grullón.
Algunos autores
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